Todo fenómeno, hasta el más grande y destructivo, comienza con una reacción mínima. El cáncer capaz de destruir un cuerpo, se genera por el cambio de una molécula. La bomba que hoy amenaza con destruir la civilización, tiene su fuerza devastadora en la intimidad de un átomo que, como un eslabón, provoca al fisionarse, una reacción capaz de generar una violencia multiplicada en los átomos vecinos.
El espíritu del hombre se parece mucho a la naturaleza que lo guarda como para no operar con mecanismos similares. Y en este caso podría decirse que el primer elemento de la reacción en cadena no es material. No es el átomo de uranio, sino un ente subjetivo: el ánimo del hombre. Es el hombre quien decide el paso de la violencia abstracta a la violencia física, atómica, porque somos a una vez el sujeto y el objeto de las violencia y la destrucción.
Así, el proceso que empieza con la fusión de un átomo y termina con ciudades arrasadas por la onda de calor, o peor con la desaparición de la vida como si fuera un espejismo, depende y tiene la misma estructura del proceso por el cual los hombres nos ejercemos violencia, provocamos una fisión en nuestro espíritu capaz de provocar una reacción devastadora en nuestro semejante. De tal manera que la violencia ejercida por un padre sobre su hijo, de un esposo sobre su esposa, puede contribuir a La Gran Violencia que un día terminará por devorarnos.
Todavía un padre y un esposo tienen un poder limitado y sus efectos se atenúan como no sucede con las consecuencias del poder ejercido por un gobierno frente al cual no valen palabras.
Cada vez que un gobierno encarcela, reprime o golpea esta rompiendo un átomo de uranio cuyo efecto potenciará la violencia de otros en cualquier parte. Porque toda la violencia de este mundo es la sumatoria de las múltiples violencias ínfimas, atómicas que se liberamos en nuestras casas, en nuestras calles y también desde una oficina de gobierno. Todos los filósofos se han encargado de demostrar que la naturaleza no es un sistema ajeno al espíritu, es su complemento, su armonía: lo que es rudo aquí tendrá su efecto negativo allá.
Creo que este argumento basta para hacer a Fidel Castro un llamamiento por la paz de Cuba. Lo merecemos y se lo debemos al mundo. Casualmente por los días en que Fidel llamaba a la paz del mundo, dos mujeres recibían una golpeadura brutal, según creo en las calles de La Habana o en una estación de policía. Por la misma fecha activistas de los Derechos Humanos, fueron detenidos para impedirles una reunión pacifica. Allí fueron amenazados, intimidados, a veces de manera más que humillante. Se oyeron frases como estas: “estamos sacando gusanos de las cárceles así que las tenemos vacías para ustedes”.
Siento que en la medida en que se pide por la paz del mundo se liberan megatones de violencia en este átomo del mundo que es Cuba. Esa no es la forma de mantener un equilibrio- ya se demostró- y tampoco es el mejor ejemplo a darle al mundo. En el resto de la isla la represión ha aumentado disimuladamente, en ocasiones grotescas como las golpizas a la madre de Tamayo. El domingo pasado la detuvieron cuando se disponía a visitar la tumba de su hijo. Según parece la trasladaron a una estación de la policía u otro centro del gobierno. Esa mujer tiene casi 70 años y padece varias enfermedades, la mayor de todas, la ausencia de su hijo. Si un crimen fue la muerte de Tamayo, mayor crimen significa golpear y detener a su madre en medio de su sufrimiento. Un acto pacífico no puede responderse con violencia. Muéstrese dignidad frente al sufrimiento. No se ha respetado el derecho de sostener racional y pacíficamente una opinión, ahora no se respeta el derecho a llevar la tristeza con la misma paz que se reclama al mundo. Si un acto íntimo, como el recuerdo que perpetúa una madre por su hijo, se convierte en un fenómeno público expresión de un deseo colectivo- no importa su causa o su naturaleza-, no es una golpiza ni las vías violentas, lo que pueda detenerlo y menos aún desvirtuar su espíritu. Ese dolor individual, familiar o compartido con unos pocos amigos o copartidarios del difunto será el átomo que no deje de propagar la tristeza a pesar de todas las golpizas.
Es menester que se entienda que a la postre no serán útiles conductas de esa naturaleza porque opacan todas la palabras y los llamamientos y hacen de Cuba un átomo en constante fisión en medio de esta bomba que es hoy la civilización humana. El contraste nos salva o nos hunde.
Se cumplirán dentro de poco, cincuenta años de que nuestro país protagonizara un peligro similar al que hoy nos amenaza. Pedimos paz, pero entonces no dudamos en mantener las armas nucleares en nuestro territorio bajo el mismo principio que hoy provoca golpizas, intimidaciones y amenazas. Si el mundo está condenado a perecer, que lo malogren otros. Ello serán los juzgados. Al Fidel que pide detener la violencia del mundo le pido yo que prohíba otro golpe en el rostro de un cubano y sobre todo de una cubana. Nuestra violencia no promueve la paz del mundo: el pómulo tumefacto de una mujer que ha pedido en la calle y en ella ha sido golpeada, el hombre que intentó compartir con otro una opinión y fue encarcelado son más elocuentes que párrafos y párrafos llenos de clamores de paz. Una autoridad ejercida de manera tan rotunda debe y tiene que bastar, y es una contradicción que el poder mantenido con toda confianza no pueda ejercerse aceptando, y aun reclamando, todo tipo de objeciones y demandas, como una piedra de toque donde se perfecciona sin temor a quebrarse. Hace unos días Fidel castro reconoció que el modelo cubano no servía ni siquiera para Cuba. Lo reconoció sin amargura ni preocupación cuando amargo y preocupante es. Amargo ya que esa opinión la tienen los 11 millones de cubanos que no podían decirlo porque, como diría Antígona a Creonte, el intransigente rey de los cadmeos: “cierran la boca por ti” y preocupante teniendo en cuenta que se trata del destino de toda una nación, de la cual solo se atrevieron a criticar sus desatinos los que ahora se encuentran condenados en las cárceles o golpeados en las calles. Los cambios que en Cuba se avecinan, demuestran que las objeciones y las demandas de toda esa pobre gente reprimida eran más que razonables, y si poco inteligente fue ignorarlas, ahora con los cambios, seguir reprimiéndolas resulta vergonzoso. Pena nos ha de dar porque, hasta el momento, que yo sepa, nadie en Cuba se ha manifestado con violencia, nadie ha matado, nadie ha prendido fuego en las calles, como sucede en otras partes del mundo. “No te obstines, pues, en mantener en ti, como única, la opinión de lo que tu dices es lo razonable, y no lo que diga otro; porque los que creen que solamente ellos poseen la sabiduría, la elocuencia y el valor que no tienen los demás, esos, al ser examinados, se encuentran vacíos”, dice Hemón a su padre Creonte en uno de los parlamentos de la tragedia Antígona.
Pudiera decirse más, pudiera decirse que una actitud tan rígida no daña solo a la mujer golpeada, al hombre encarcelado; compromete la paz que pide y en suma todo los valores que de pronto se tornan letra muerta. Quiero decir que si estas palabras me ganan algún insulto, no seré yo el ofendido. Más que a mí se ofende a esa tradición que por suerte también ha acompañado al hombre desde su nacimiento, por desgracia ignorada por los violentos con razón o no: la tolerancia, el entendimiento sincero, la paz como camino y no como fin, tal como soñó Gandhi. Puesto que el camino es la felicidad, termino incierto y ridículo, sobre todo cuando se tiene aunque sea precariamente, pero presto a volverse muy solemne cuando se carece en circunstancias como estas, así pensaba El Mahatma.
No se puede llamar a la paz como un fantasma que según los antiguos desaparece cuando se le nombra o como a la poesía que más se niebla cuando alguna explicación demasiado impuesta trata de aclararla. A toda palabra justa debe precederla un hecho que la iguale en belleza para que comparta su armonía, que una reacción del verbo encadene los actos para lograr el verdadero Bien. Hago entonces un llamado a Fidel Castro por la tolerancia. Pensemos en qué vale una idea cuando no soporta una opinión y contra ella tiene que defenderse a puro golpe. No en vano Hemón increpa a su padre con estas palabras:”… ¿Quieres inculpar y que no se defienda uno de tus inculpaciones?”. Puede verse que el disentimiento es un fenómeno viejo en el hombre, ya que Sófocles nos pinta en Hemón al prototipo del disidente. Con un modelo así, con el prestigio de la tragedia más hermosa de todos los tiempos, debe bastar para prestarle oídos a la opinión contraria y aprender de ella y de la tragedia como pedía Aristóteles. Por desgracia en estos tiempos nos separan de Antígona la intransigencia, la jactancia y la estupidez, y no 25 siglos de gloria. La tolerancia es la evidencia exterior de que los hombres también se mueven al cariño; la humildad es la prueba interior, el reflejo individual, el átomo de esa tolerancia. Digamos con Antígona, “yo no he nacido para compartir odio, sino amor”. Logremos, pues, una reacción en cadena mucho más sencilla que aquella propuesta por los científicos para generar La Bomba, pero de signo contrario. La que empieza con humildad, nos lleva a transitar por la paz hasta llegar a la tolerancia, la posibilidad más concreta- aunque precaria- de entrever la felicidad, la única garantía de contribuir eficazmente a la paz del mundo, a su prosperidad, al fin del individuo: la paz como tránsito y meta.
Alfredo Felipe Valdés
Artemisa, 7 de noviembre de 2010
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