martes, 16 de noviembre de 2010

Formas de perder una ciudad.

Cada vez que nació un mundo destinado a prolongarse en el tiempo, y su origen fue signado por el odio, las grandes monstruosidades del inicio terminan por darle paso a los pequeños atropellos posteriores. Los tránsitos, terribles cuando repentinos, suelen causar tristeza si el paso se torna una línea cada vez más borrosa.
Hace 7 años mi padre cayó encarcelado como se conoce y aquella operación, planeada para ejecutarse como un rayo, lo extirpó de su casa en segundos. A estas horas se encuentra volando rumbo a España en virtud de las negociaciones que Madrid y La Habana, por mediación de la iglesia, sostuvieron durante los últimos meses. No creo que ningún viajero se prive de mirar por última vez el espacio que abandona, por eso, mientras escribía, imaginé a mi padre mirando a través del redondo cristal con el ánimo de percibir las curvas finales de la isla. Por desgracia el viaje transcurre en medio de una noche escasa de luna, y su partida en plena sombra se verificó de su celda al aeropuerto, un tránsito extremo: del cautiverio absoluto a la pura libertad.
Un ser que ha sufrido un trayecto tan vertiginoso no podrá jamás sentirse completo. La ausencia siempre lo perseguirá. El lugar que levantó con su esfuerzo, las calles que le dieron paso, los cientos de objetos, papeles escritos o marcados, los proyectos interrumpidos en plena ejecución, todo lo que pobló y dio cuerpo a su existencia, reclamará por siempre un espacio en la nueva vida del que parte.
Un poema que prefiero por su clara construcción y la manera seca de su ritmo, comienza: Dices "Iré a otra tierra, y hacia otro mar y una ciudad mejor hallaré…" enseña una verdad tan simple, casi biológica: el alejamiento del hombre y su medio se sufre como una amputación, aunque en estos tiempos pueda sonar ridículo.
Privar a los hombres de volver a sus casas y en ellas preparar sus partidas es, aunque no se crea, una crueldad que emula con el cautiverio. En todo prima el desconcierto y la inseguridad. Los aspectos esenciales no se aclaran. El prisionero podrá volver cuando desee, quienes decidan permanecer en Cuba podrán gozar de absoluta libertad a tenor de una ley que, según oficiales de la seguridad del estado se encuentra en proceso. Trato de confiar en ello, pues fueron dudas que me disiparon amablemente los oficiales encargados de darle curso a la operación. Sin embargo nada escrito, al menos que yo sepa, deja constancia de tales determinaciones y es posible que aquí radique la causa para que un oficial apure groseramente la despedida de mi hijo con sus tías ancianas, diciéndoles que el niño no podrá volver y que por tanto nunca más se verán.
Es probable que la juventud del oficial y un ánimo en exceso vehemente lo llevaran a decir frases como esas. He tratado en estos días con varios oficiales de la Seguridad del Estado y para resumir, simpaticé con algunos de ellos. Muchos son mis vecinos y sucede que en todo este tiempo no hemos tenido la curiosidad de comprobar el límite exacto en que nos separamos o tenemos afectos en común. El respeto y la consideración que mostraron demuestran que de ellos depende también el paso de Cuba hacia un mundo sensato. Se me dirá que todo es forma, incluso impostura, lo sé, pero adivino además en el fondo un deseo de no pelear más, como dice los escolares. Por otro lado, no importa que la forma presida el camino: no se puede saltar de la brutalidad al afecto sin pasar por la decencia. Lo que un día queda en la forma al otro amanecerá convertido en fondo. Todavía no hemos valorado lo que nos aportó Zapata con su muerte, Fariña con su decisión y las Damas con su constancia. La historia no negará que todo esto propició cambios en Cuba. Por ello digo que si alguien recibe favor con estas liberaciones es el gobierno cubano: se hace justicia. Este respeto mesurado, esa fría cordialidad los cuentos como los mejores triunfos de la lucha civilista en la Cuba de 2010 y ruego porque en el futuro se cultive para que al fin el pueblo cubano, hasta hoy temeroso, corresponda adecuadamente y acepte al hombre para refutar mejor la idea que sostiene.
No obstante el comentario del oficial, más allá del insulto resulta un daño innecesario a la psiquis de un niño y también a la de aquellas señoras. Y me obligan a dudar de que el regreso de los liberados, y el mío propio sea seguro si se nos antoja. A pesar de ello veo un peligro mayor, porque el niño que hasta hoy permaneció al margen del torbellino entró a su vórtice de la manera más funesta, acompañado de la tristeza natural del momento pero también con el temor de que se cumplan los vaticinios del oficial y sobre todo sintiéndose humillado, lo cual es, sin dudas, el primer escalón para llegar al odio. Así la extensa cadena de rencores y aversiones tiene garantizada su continuidad. Ahora volviendo al inicio, descubro los ribetes de lo que fue la monstruosidad de antaño, burlona, plana, sin consideraciones y que no se limitaba a cumplir una misión, sino que sentía un estrecho placer en humillar al excluido. La crueldad es el signo visible pero la autosuficiencia, el afán de ver en lo demás seres inferiores y torcidos pertenecen a los signos recónditos de todas las tiranías.
De cualquier forma el joven oficial esta respirando vapores despóticos que poco a poco se disipan en los nuevos tiempos a pesar del discurso agresivo y mordiente que mantiene la estrategia de la revolución. Sostengo que el daño mayor infligido al proceso y el deterioro de su imagen, viene de la intolerancia férreamente cultivada, de la saña obsesiva para negar todo lo que fuera una opinión diferente aunque fuera cándida. Viendo enemigos incluso en gente con ganas de contribuir a la mejora del proceso. Encarcelar al joven Heberto después de un juicio militar por escribir un libro de poesías fue la monstruosidad de antaño- bruta por la fuerza y por la mediocridad desplegada- que dio paso a la expulsión de Esteban Morales, hombre capaz e íntegro que solo denunció problemas con el ánimo de sanear el proyecto que estima, atropello del presente. Uno se encuentra en Cuba, según creo, pero el otro murió hace algunos años y pude leer, en un hermoso libro, que uno de sus últimos deseos se centró en volver a cuba y no se lo permitieron.
Veo tozudez por mantener el poder presente, pero escasa preocupación y menos lucidez para garantizar que la revolución- la que todos amamos, la que incluye a Heberto y también a Tomás Morales, se quiera o no- perdure aunque sea bajo otras formas. El oficial no calculó que en la escena con mi hijo podía nacer lo que el supone un enemigo, quizás ni mi influencia pueda impedirlo porque la revolución ha dañado casi siempre la porción irracional y afectiva de los individuos. Pudiera agregarse que le resulta indiferente.
La gente encuentra odioso ese disfrute innecesario del poder, esas ganas de ver al otro humillado y vulnerable, sin recursos para neutralizar la frustración, cosas que no tiene que ver con el cumplimento del trabajo, que en esta ocasión se limitaba a llevar a termino el operativo. Debo agregar que los menos preparados sienten una extraña inclinación por ofender mujeres y atormentar niños, por suerte ya son los menos. Veo en esto algunas de las causas para pisotear discos y festejar muertes, actitudes que se dan en otras partes, y si deben lamentarse será por la falta de elegancia pero que al menos está en proporción con las causas. En resumen, si un día la revolución termina por caer lo hará por estos motivos.
Como si fuera poco, para aportar algo al desastre, uní a la estupidez del agente la mía. Entre otras cosas me negué a despedirme de mi padre y de mis hijos. La inutilidad, la poca ganancia de esa actitud demuestran que fue un infantilismo de pantalón corto, por lo demás inferior a la comprensión que trato de lograr en mis extensas parrafadas. A mi hijo, más que a nadie, van dirigidas, a él, que tiene 12 años y está a tiempo. Lo que respecta al oficial, si pretendió humillarme se verá recompensado porque yo cometí mí estupidez en los 30 y el la suya apenas a los 20.
El momento es el apropiado para ganar afectos y no para cumplir la voluntad del poema: "pues cada esfuerzo mío está aquí condenado, y muere mi corazón lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez". Nada de esto favorece a Cuba, sí la destruye. Cuando a los poderes les importen estos detalles, en apariencia nimios, y hasta tenidos por histéricos, tendrán la posibilidad de entablar una relación no solo segura, sino también productiva y hermosa con el individuo. Los detalles suelen volverse tan cruciales para el hombre como el miembro amputado en una sesión de tortura o las marcas que lleva en su cuerpo después de una golpiza. "Donde vuelvo mis ojos solo veo las oscuras ruinas de mi vida y los muchos años que aquí pasé o destruí. No hallarás otra tierra ni otro mar. La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles…." nos dice el poema. La separación que sufrió mi padre tiene el efecto, si se me perdona repetir la altisonancia, de una amputación.
Pudiera decirse que la humillación se evita permaneciendo en la cárcel. Con su liberación ninguno de estos hombres recibió un favor, no se le concedió una gracia, solo se cobró justicia. No se puede comparar un derecho que se ejerce con una gracia concedida. Repito que el favor se lo otorgó el estado cubano con el gesto que tal vez mejore otras muchas cosas incluyendo la vuelta de los 5 cubanos cautivos en los EEUU. Quienes exigen a los hombres mantenerse convictos no creo que puedan explicar la ganancia de semejante heroísmo, si la hay. Será mejor exigirles continuar sus proyectos de hace 7 años ya en la patria, ya en cualquier sitio del mundo donde prefieran, probablemente puedan cooperar con sobrada eficiencia fuera de aquella si se lo proponen.
El mecanismo por el cual el hombre se aficiona y siente por los objetos que lo acompaña, cierta ternura dolorosa, es un misterio comparable al efecto de una melodía sobre el ánimo. Peor, si ese ánimo se encuentra sometido a las torcidas represiones, que a veces, comprometen su vida y la de sus familiares. Entre el cerebro que siente y el objeto inmóvil, en ocasiones ni siquiera útil, se abre una misteriosa interdicción que no puede explicar ninguna filosofía, ni demostrar ciencia alguna. Quizás al final triunfen los que sostienen que el hombre solo se ama a sí mismo y ama en el objeto abandonado, en el lugar de donde se ausenta, al hombre que fue en otra ocasión y por el cual siente lástima, pues siendo el mismo no lo puede acompañar. He observado muchas veces, gracias a esta tragedia cubana de las expulsiones manifiestas de antaño y las partidas del presente, el rostro de muchos que después de vivir lejos en absoluta frivolidad y olvido, al escuchar el chirrido de la puerta que no abrió en años o al probarse aquellos zapatos rotos y únicos que soportaron torpemente su peso, pierden la despreocupada arrogancia, la insolente seguridad y caen fulminados. Se ven abriendo la puerta, soportando el zapato sin saber quizás que el hombre recordado y el que recuerda no podrán tocarse, que el recordado continuará ajeno a las súplicas del que recuerda.
Mi padre debe estar perdiendo ahora las últimas luces de la costa cubana, con él va mi hijo, no sé si ya convertido en enemigo. Me esforzaré por evitar que un pequeño atropello provoque el nacimiento de un gran enemigo. Quiera Dios que todo esto no sea más que sensiblería de quien extraña, de alguien que se sabe del otro lado de la ausencia. Ojala no sea la médula misma del asunto. Por eso me gusta La ciudad, el poema de Kavafis, que ha acompañado estas palabras. Su final, hermoso aunque demasiado rotundo para una sensación tan inaprensible, sentencia: "Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques no la hay_, ni caminos ni barcos para ti. La vida que aquí perdiste la has destruido en toda la tierra."

AlfredoFelipeValdés
Artemisa 7 de octubre de 2010

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